ESTÁS EN Festival Mundial de la Digna Rabia
6 / enero
Cuando a alguien se le ocurre la majadera idea de invitarme a encuentros de este tipo siempre me veo con el mismo problema: soy tremendamente aburrido y pesado cuando hablo. Así que he pensado que lo mejor que puedo hacer para tratar de remediar este terrible problema que tengo es ponerme a contaros historias para sembrar preguntas en torno a la cultura. El problema es que son pequeñas historias que quizá os resulten algo extrañas, un poco locas. Aún así, y puestos a elegir entre resultar aburrido y pesado, como siempre me pasa, o pasar por loco, me quedo con las historias y el riesgo de pareceros un loco de remate, aunque sólo sea porque dicen que los niños, los borrachos y los locos siempre dicen la verdad.
Así que os voy a contar varias historias que bailan y se enredan con tres de los mundos en los que se crea y se recrea eso que normalmente se llama cultura, o mejor dicho, culturas: el juego, la fiesta y el denominado campo de lo artístico. Un viaje por tres mundos interrelacionados que os propongo que lo emprendamos con una premisa en el bolsillo.
1. La premisa
La premisa es que hay otros mundos y están ya en éste. O sea, que no hay un afuera, que esa otra cultura que hoy nos ha juntado en esta conversación ya está en marcha, ya está sucediendo, existe hoy, respira, camina y constituye nuestras formas de vida, desequilibra el dominio y atraviesa y afecta las relaciones sociales, abriendo agujeros en la realidad por los que nos colamos y creamos mundos cada día, continuamente. Es decir, que lejos de resultar una utopía, esa otra cultura no sólo es una realidad, sino que es el alimento de la enorme máquina que hoy constituye eso que se llama la industria cultural y, al mismo tiempo y paradójicamente, es también su crisis.
Hoy todo el mundo habla de crisis, pero el carácter sistémico y estructural de la misma no remite sólo a una cuestión económica. Se trata de una verdadera crisis general de sentido del capitalismo, inducida y provocada por nuestras formas de vida, nuestra creatividad, por las permanentes insubordinaciones de los de abajo, a veces invisibles, que están creando otros mundos y otras culturas en el aquí y en el ahora.
La idea es que las historias que os propongo pueden funcionar como pequeñas fotografías en movimiento que nos ayuden a entender esta premisa: que la creatividad de los de abajo agujerea sin parar la cultura dominante, haciéndole preguntas y desequilibrándola todos los días.
2. La primera historia: el dominio Sudoku
La primera historia tiene que ver con el juego y nos puede ayudar a entender, precisamente, de qué va y en qué consiste la famosa crisis actual de la que tanto se habla en estos días.
Es una historia que comienza en 1997, cuando Wayne Gould, un juez jubilado de Hong-Kong, viaja hasta Japón y queda fascinado por una especie de rompecabezas que descubre en la ciudad de Tokio. El caso es que el bueno de Gould se pasó los siguientes 6 años trabajando en el desarrollo de un programa de ordenador para producir ese tipo de rompecabezas en serie y rápidamente. Cuando lo logró, sabiendo que los periódicos ingleses tiene una larga tradición en la publicación de crucigramas y rompecabezas, lo envió al periódico The Times, que lo publicó por primera vez con el nombre de Sudoku el 12 de noviembre de 2004. Desde ahí el crecimiento de ese rompecabezas numérico ha sido espectacular: en 2005 el sudoku fue considerado el juego pasatiempo con un crecimiento más rápido en el mundo.
El significado de la palabra “sudoku”, de origen japonés, es “números solos”. O sea, números y soledad, cálculo y soledad. El Sudoku no es solamente el juego-pasatiempo más practicado en nuestros días, funciona además como metáfora del proyecto cultural del neoliberalismo y de la profunda crisis actual por la que atraviesa el capitalismo.
Antes, el pasatiempo más practicado era el crucigrama, un juego de entretenimiento con palabras. La hegemonía actual del sudoku, un juego de entretenimiento con números, nos habla de una sociedad atrapada en el cálculo. El paso del crucigrama al sudoku como forma dominante de pasatiempo apunta la sustitución de una suspensión lúdica a través de las palabras a una suspensión lúdica a través de los números. Y creedme que no se trata de algo insignificante: cuando uno viaja hoy en día en el metro de las ciudades por las que me ha tocado pasar en los últimos años, de Nueva York a Madrid, de París a Roma, se da cuenta de que todo el mundo pasa el tiempo de su trayecto haciendo sudokus. En el mismo avión que me trajo de Ciudad de México hasta Tuxla Gutiérrez hace unos días pude comprobar absolutamente alucinado que un montón de pasajeros pasaban el viaje colgados también del sudoku, como si estuvieran poseídos, como si se tratara de una extraña droga.
Y diréis, “¿qué tiene que ver todo este rollo con la cultura? Este ya se volvió loco definitivamente…”. Pues yo creo que tiene que ver mucho, porque la hegemonía del sudoku como forma de pasatiempo es en realidad la metáfora del proyecto cultural del neoliberalismo: atribuirse las palabras, robarnos las historias, reservarse para él los cuentos y enredarnos en las cuentas. El neoliberalismo ha tratado en las últimas décadas de encerrarnos en una vida de cuentas cuyos elementos fundamentales han sido el crédito y la deuda, una deuda infinita que no es únicamente un dispositivo económico, sino sobre todo una técnica de control destinada a reducir la incertidumbre de los gobernantes ante los tiempos y los comportamientos de los gobernados.
Enredándonos en esa cultura de deudas, atenazándonos con las permanentes cuentas, el neoliberalismo ha sido una máquina de guerra que ha transformado los derechos sociales en créditos a través de la financiarización de la vida entera. Eso es precisamente lo que hoy se les está derrumbando a los poderosos y por eso, precisamente, la actual crisis es en realidad una crisis de gobierno que desborda lo meramente económico. Porque el dominio sudoku del mundo no funciona. Porque la cultura sudoku, la forma de vida sudoku, se derrumba. Porque el control sudoku que ha pretendido acabar con el conflicto social encerrando nuestros horizontes en las celdas del crédito y la deuda permanente se ha encontrado con un número infinito que se ha salido de su cuadrado y le ha invalidado sus reglas del juego: la digna rabia, la rebeldía cotidiana de los de abajo. Somos nosotros esa crisis de la que tanto hablan. El infinito de creatividad y de rebeldía que no sólo no ha dejado de rebelarse, sino que además se ha aferrado a la palabra y ha escrito las historias de esa rebeldía.
Y a mí me da que el zapatismo ha sido parte fundamental e importante de esa fuerza colectiva de narración paciente y persistente, a veces invisible, otras subterránea, que le ha hecho un agujero al neoliberalismo con sus prácticas y con sus palabras: hace 15 años nos sacudieron a todos y a todas con su levantamiento, sacudieron la política, contaron otra historia y nos enseñaron el papel vital de las historias. Si os paráis a pensar seguramente veréis que lo que primero nos llamó la atención de ellos y ellas es que vestían con cuentos la radicalidad de su resistencia y su determinación, que dejaban en fuera de juego al lenguaje tradicional de la política y le apostaban a las narraciones para contarnos cómo era su lucha y cómo veían el mundo. Por eso nos enamoraron entonces y hoy no dejan de enamorarnos, porque las historias, cuando son buenas, no nos entran por el cerebro, sino que nos tocan la tripa y nos agitan el sistema nervioso, como el amor mismo. Si ese tal Fukuyama decretó absurdamente el final de la historia hace años, los zapatistas han ayudado de manera determinante a convertirlo en un mal chiste, declarando el carácter interminable y potente de las historias.
Y fijaros que la propuesta de regeneración del capitalismo que está naciendo hoy en el arriba de la política, con Barack Obama a la cabeza, lo que en realidad está proponiendo es una perversión de esta capacidad narrativa de los de abajo y de sus movimientos. De nuevo quitarnos las historias. Si os fijáis, veréis que gran parte de la campaña electoral de Obama ha consistido en un ejercicio de vampirización de los lenguajes, los imaginarios y hasta las formas de organización de los movimientos. Un nuevo paradigma de la política por arriba que, entre otras cosas, trata de arrebatarnos nuestras historias y las vuelve del revés, que es profundamente perverso.
Lo que ocurre es que en realidad esta nueva política que nos viene por arriba y con la que vamos a tener que lidiar no es tan nueva y tampoco tiene en Barack Obama a su fundador. En realidad nació con un mago hace años, exactamente a la par del neoliberalismo. Ese mago se llama David Copperfield.
Copperfield revolucionó la cultura de la magia, fue el primer mago que combinó ilusiones espectaculares con narración y ese es precisamente el ingrediente fundamental de la nueva política que nos viene por arriba en el nuevo tiempo que se abre: ilusionismo más narración. Un proyecto imposible y que no puede funcionar. Un proyecto fallido. Porque fijaros que el último capítulo de la historia del mago David Copperfield se escribió en la ciudad de Las Vegas el pasado 17 de diciembre cuando, por primera vez en la historia del mago que había atravesado la muralla china o había hecho desaparecer la estatua de la libertad, un truco no le funcionó y uno de sus ayudantes estuvo a punto de morir delante del público. Porque no hay magia que salve al capitalismo con el propio capitalismo. Porque las historias son nuestras, de los jodidos, y hoy más que nunca tenemos que dar vida a nuestra cultura, a esa otra cultura que en realidad es la cultura misma, reapropiándonos de las historias, de nuestra creatividad narrativa.
3. La segunda historia: el devenir Kuduro
La segunda historia que os voy a contar habla precisamente de eso, de cómo los de abajo nos reapropiamos de las historias y de la cultura. Si la anterior historia hablaba del juego, esta historia habla de la fiesta. Es una historia que nos lleva hasta Luanda, la capital de Angola, una ciudad formada en un 90% por barrios muy pobres, muy golpeados por el neoliberalismo y por un pasado reciente de guerra, unos barrios que se llaman “mucekes”.
En uno de esos mucekes, hace poco tiempo, un grupo de jóvenes estaba viendo una película del actor Jean-Claude Van Damme en la que el tipo, completamente borracho, bailaba de manera ridícula e hilarante. El caso es que esos chicos, muertos de risa, comenzaron a jugar con el baile y a partir de ahí crearon un ritmo y una cadencia que hoy se conoce como “Kuduro”. He de decir que yo no era muy aficionado a las películas de Jean-Claude Van Damme hasta que en una de mis visitas al territorio rebelde zapatista, los compas me contagiaron el virus, para bien o para mal, eso nunca se sabe.
Kuduro significa “culo duro”, porque el baile que crearon consiste en apretar mucho el culo y agitarse rítmicamente (digo yo que algo muy parecido a cómo debe empezar eso de la digna rabia). Mezclando la tradición musical del carnaval de su tierra con el hip hop y el tecno crearon un ritmo endiablado y potente que hoy es una de las herramientas culturales más importantes de la resistencia de los más jóvenes en los barrios y pueblos jodidos de Angola. Distribuyendo a través de los conductores de autobús de la ciudad las grabaciones que hacían en sus propias casas, el kuduro se extendió como una mancha de aceite y creció como la espuma, hasta convertirse hoy en día en un movimiento cultural masivo. El kuduro está cargado de radicalidad y de historias. En las letras de sus canciones los más jóvenes de entre los más pobres cuentan sus historias y comunican su resistencia. A ritmo de kuduro se defienden hoy los barrios de Luanda y los de abajo conquistan su derecho al baile y a la alegría, la alegría de una rabia digna e inteligente, de una rabia creativa.
Fijaros que todo empezó con una ridícula película de Jean-Claude Van Damme y de ahí nació un movimiento cultural muy otro, otra cultura que se ha desarrollado de manera autónoma, fuera de la industria de la música, de forma independiente, fuera de los grandes sellos discográficos y de las radios comerciales. Porque a pesar de lo que piense gran parte de la izquierda, los de abajo somos inteligentes, creativos, estamos vivos. Porque pese a lo que se empeñen en decirnos muchos intelectuales aburridos, incluso más aburridos que yo, que ya es decir, no somos tontos, somos capaces de resignificar las cosas, de atravesar la cultura dominante, de darle la vuelta, de reinventar su valor de uso pese a que los poderosos traten permanentemente de convertirla en espectáculo vacío, en marketing y en negocio. Porque la otra cultura de los más jodidos es un movimiento real que interviene en el estado de cosas presente, y que, como toda revolución, se hace con lo que uno tiene a mano. Porque no somos un público disciplinado, pasivo y mudo. Porque por abajo se reutiliza, se reinventa, se reconstruye y se subvierte. Como los chavales de los barrios jodidos de Luanda y su kuduro. Como los hombres y las mujeres migrantes latinoamericanas de la ciudad de Nueva York, que usan los códigos y las lógicas de las telenovelas en su lucha cotidiana por la defensa de sus derechos, que construyen sus mapas para el conflicto dándole la vuelta a las lógicas narrativas del drama televisivo, que proyectan sus relaciones con los amigos y los enemigos usando de manera muy otra los esquemas de las relaciones entre personajes de los culebrones.
En definitiva, un devenir kuduro, rebelde, inteligente. El aquí y el ahora de otros usos, de otra cultura que no pide permiso para existir, para crear nuevos mundos con lo común, lo que tiene más a mano, que no espera a la toma de ningún palacio de invierno o a un futuro perfecto por venir. Una otra cultura que no pide a nadie que le de nada, sino que lo inventa, que lo toma. Una otra cultura que regatea a lo privado y a lo público, o sea, a lo privado en manos del Estado y de los funcionarios de la Cultura con mayúsculas, para construir y aferrarse a lo común, hecho de muchas pequeñas minúsculas con las que se rescribe una creación muy otra.
4. La tercera historia: Hollywood desenchufado
El año pasado, después de 14 semanas de huelga ininterrumpida, los guionistas de cine y televisión de los EEUU le ganaron a las grandes cadenas y a los grandes estudios de cine un duro conflicto en el que estaba en juego no solamente la conquista de renta, sino también parte del cómo de la redefinición de la industria audiovisual misma y de los derechos de los trabajadores culturales que fabrican sus contenidos.
La relevancia de esta huelga en el corazón de la industria cultural más poderosa del planeta no sólo reside en la victoria que obtuvieron estos trabajadores, sino en el hecho mismo de que salieron de la invisibilidad y aparecieron ante nuestros ojos como lo que realmente son, es decir, como trabajadores.
Unos trabajadores que expresan de manera paradigmática el hoy de la naturaleza y las condiciones del mundo laboral precarizado en su conjunto, hecho de salidas y entradas constantes del mercado de trabajo, de flexibilidad, de nuevas formas de remuneración que desbordan el salario, de individualización de la relación laboral, de un tiempo de trabajo cada vez más difícil de distinguir del tiempo de la vida misma.
Unos trabajadores que no se conformaron con cortocircuitar la industria del cine y la televisión en su país durante tres meses. Que tampoco se conformaron con provocarles miles de millones de dólares en pérdidas a los grandes magnates del negocio. Y que tampoco se conformaron con ganar la huelga.
El pasado mes de septiembre fueron más allá: crearon su propia cadena de televisión y la llamaron “Strike TV” (Huelga TV). Su espacio de creación independiente al que han llamado irónicamente “Hoollywood desenchufado”.
El anuncio lo habían hecho el día 4 de julio, día de la independencia en Estados Unidos, con una declaración que decía: “Hoy celebramos la independencia de una manera nueva. La definición de la palabra ‘independencia’ que da la wikipedia es el autogobierno de una nación, país o estado por sus residentes y su población. Nacida como una pequeña idea en el seno de una verdadera comunidad de creadores, Strike TV es de alguna manera una nación independiente y autogobernada”.
Estoy convencido de que no hay devenir kuduro, cultura rebelde, otra cultura, sin independencia. Lo duro de la lucha de los guionistas norteamericanos y de su huelga de catorce meses nos dice que tampoco hay otra cultura posible sin digna rabia.
Creo que las historias que he compartido hoy con vosotros y vosotras no sólo nos cuentan historias. Nos hablan en realidad de autonomía, de conquista de libertad, de independencia. De crear mundos. De la potencia de la que somos capaces. De la fuerza que tenemos cuando los de abajo conspiramos, o sea, respiramos juntos.
Son historias que nos regalan las fotografías en movimiento de otras culturas, de una creatividad colectiva que agujerea la cultura sudoku, que abre líneas de fuga todos los días, por todo el planeta. El movimiento de una cultura definitivamente muy otra.
El capitalismo nació con un enorme cercamiento de tierras, con un inmenso robo y despojo que fabricó al proletariado hace ya muchos años. Desde entonces, el capital no ha cesado de atacar los bienes comunes. Hoy la ofensiva se ha extendido de manera violentísima a los saberes, al conocimiento, a la cultura, a nuestras formas de vida. Nuevos cercamientos gemelos de aquellos que nacieron arrebatándonos la tierra.
La palabra “cultura” también nació hace muchísimos años. Cuando nació, lo hizo formando parte de otra palabra más grande: “agricultura”. No nos olvidemos de ello. Hoy más que nunca es necesario que nos convirtamos en campesinos y campesinas de lo común.
Autor:
europazapatista.org

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